Iluminación mtb: amarrar bien la batería del foco, fundamental para evitar accidentes

El título del post de este blog de ciclismo seguro que os ha llamado la atención. Y no me extraña. Os voy a contar el que ha sido mi peor trago en una bicicleta, un accidente que casi me cuesta la vida o la silla de ruedas, una experiencia traumática (nunca mejor dicho) causada por el foco que uso para montar en bici por la noche. Contando esta experiencia pretendo  que nadie nunca  vuelva a tener un accidente tan grave como el que tuve, sobre todo porque es evitable.
Los hechos
Marchaba yo con mi bici por el Anillo Verde Ciclista de Madrid (a la altura del puente que cruza la A2). No era muy tarde, pero era pleno mes de enero y la noche era cerrada. De repente noté cómo la batería del foco, que llevaba amarrada en el cuadro de la bici, se soltaba justo cuando empezaba el pequeño descenso del puente. Pensé, ahora cuando llegue abajo paro y lo soluciono. Pero nunca llegué abajo y mi siguiente recuerdo es un impacto tremendo de mi cabeza y espalda contra el suelo, sangre, mucha sangre, de mi boca y dolor, un dolor terrible en mi espalda que me impedía incorporarme y prácticamente moverme.
Las dos buenas samaritanas

Rápidamente un par de mujeres que caminaban por el Anillo me auxiliaron, se atrevieron a meterme los dedos en la boca para sacarme trozos de dientes rotos que tenía cerca de la garganta, y estuvieron conmigo ayudándome, no dejando que me levantara a pesar de que yo hacía todo lo posible por moverme, por levantarme, por quitarme el casco (mal hecho por mi parte, pero en un momento así no controlas demasiado lo que debes hacer y lo que no). Me dijeron sus nombres pero nunca he sido capaz de recordarlos. De hecho más adelante intenté darles las gracias a través del Samur pero el Samur (lógicamente) protege los datos de las personas que llaman para ayudar a otras y nunca ha sido posible poder agradecer a esas dos PERSONAS su ayuda. La sangre manaba por mi boca y me di cuenta de que había perdido los dos incisivos de arriba, pero lo peor era el dolor de espalda, más que dolor, una especie de estado catastrófico en el que cada movimiento suponía un dolor terrible.
La ambulancia
Llegó la ambulancia del Samur muy pronto, no creo que pasaran ni diez minutos. La ambulancia empezó a rodar muy lentamente porque había riesgo, eso me dijeron, de lesión medular. No os podéis imaginar lo que supone que te digan, mueve el pie izquierdo, ahora el derecho, ahora la mano derecha, ahora la izquierda, las piernas arriba abajo, porque ahí te das cuenta de que lo que te pasa es que tienes una lesión en la espalda y que están comprobando si la médula está afectada.  Por suerte, dentro de la desgracia, pude hacer todos los movimientos que me dijeron y conservé cierta calma.
Desde la ambulancia llamaron a mi mujer, de la que me había despedido  hacía solo media hora para «darme un paseíto de una hora por el carril bici». Pude hablar con ella. «No te preocupes demasiado», le dije, «estoy bien», aunque estaba, como dice la mítica frase de Pulp Fiction, «a mil jodidas millas de estar bien».
Las consecuencias
Además de la pérdida de los incisivos, como he comentado, las pruebas que me realizaron detectaron que en mi cabeza no había traumatismo ni sangrado interno, pero en mi espalda sí que había dos vértebras muy tocadas, en concreto aplastamiento de dos vértebras torácicas. Y, lo más importante, sin lesión medular. Aunque hasta que me dieron los resultados, los momentos que viví pensando en qué pasaría y cómo sería mi vida a partir de entonces, os aseguro que son indescriptibles. Al final los médicos  me confirmaron que la médula estaba intacta y pude, horas después, respirar con cierta tranquilidad.
La recuperación
El traumatólogo valoró la operación de mi espalda a la mañana siguiente, pero rápidamente me recomendó hacer un tratamiento no invasivo basado en el reposo. No podía moverme de la cama, ni girarme, sin sufrir dolores espantosos y el médico me dijo que tendría que estar dos meses en cama. Aunque soy una persona que miro de cara la realidad, reconozco que en ese momento me derrumbé interiormente. «¿Cómo iba a salir de algo así? ¿Dos meses sin levantarme de la cama? ¿Cómo podría aguantarlo? ¿Y después de esos dos meses, qué?», me preguntaba. Me tuvieron que tomar las medidas para hacerme un corsé ortopédico y así, al menos, poder levantarme para ir al servicio o sentarme para comer. Un corsé que, aunque ante algo así sea lo de menos, me costó cerca de 1000 euros.
Además, la situación me obligaba a pedir una larga baja laboral, desde aquí quiero agradecer el trato comprensivo y humano que siempre recibí en la empresa en la que trabajo, la baja  duró finalmente unos tres meses a pesar de que cuando volví aún estaba renqueante, fueron dos meses de cama y uno más lo que tardé en ir cogiendo cierto tono para andar y moverme con cierta dignidad. Pero la evolución fue muy muy lenta, desesperante, los cambios se notaban de semanas en semanas, nunca de día en día. Fue una etapa complicada, os lo aseguro, en la cama solo podía escuchar la radio y música, ni siquiera podía leer porque se me dormían los brazos. Y yo no solo quería recuperarme para tener una vida normal, sino que siempre pensaba en que quería volver a subirme en una bici.  Y no es por locura o cabezonería, sino porque creo firmemente en que en la vida es fundamental poder hacer lo que te gusta.
El reto
«¿Podré volver a montar en bici?», me atreví por fin a decirle a mi médico cuando parecía haber pasado lo peor. «Sí», contestó, «pero dale tiempo y ten mucha paciencia». Y sí, aunque impensable para mi en las primeras semanas del accidente, volví al ciclismo unos nueve meses después. Ahora no hace ni un año del accidente y ya empiezo a hacer mis pinitos, ya que me marqué un objetivo complicado pero que yo veía factible. «Quiero subir a la Bola del Mundo«, que, para los que no lo conozcáis, es un tramo de unos 4 kilómetros con rampas del 22% que se sube una vez finalizado el puerto de Navacerrada de Madrid. ¡Y lo hice!  Mi estado de forma, como os podéis imaginar, no era el mejor después de tanto tiempo inactivo, pero me lo tomé con tranquilidad y conseguí realizar mi reto  no solo de volver a montar en bici, sino el de subirme la montaña más dura en carretera que seguramente haya en Madrid. Sufrí lo indecible y tuve tentación en varios tramos de poner pie a tierra, pero lo hice, soy tozudo y cuando un reto se me pone entre ceja y ceja es difícil que algo me haga desistir.
¿Qué ocurrió realmente y cómo se puede evitar?
Me costó semanas  saber qué había ocurrido realmente. Mi bici estuvo varios días en un depósito de la Policía Municipal y cuando mis familiares me pudieron llevar a recogerla mi estado aún no era bueno como para poder comprobar qué había pasado. Pero con el tiempo pude llevar al bici a un taller, donde comprobaron que el cuadro estaba doblado y la rueda delantera tenía la llanta hecha un ocho. Lo que ocurrió, en definitiva, fue que amarré mal la batería al cuadro, entonces, con el movimiento, la batería se soltó y se metió justo entre el hueco de la rueda y la horquilla. Si hubiera sido una MTB el hueco es grande y no creo que se hubiera bloqueado, pero iba en la bici de carretera,  y el tamaño de la batería justo coincide con el hueco entre rueda y horquilla, por lo que se incrustó en ese hueco y la rueda delantera se bloqueó de golpe, por lo que salí despedido de cabeza (el casco me salvó la vida, llevadlo siempre, no lo olvidéis) y el golpe fue tal que me provocó esos dos aplastamientos vertebrales que nunca se curarán (ahí ha quedado una desviación en mi columna que me provoca dolores y sensación de incomodidad esté donde esté). El golpe en la boca se solucionó con unas siete visitas al dentista, dos endodoncias, dos fundas y más de 1000 euros invertidos.
Para evitarlo, que es donde quiero llegar realmente con toda esta historia, lo importante es amarrar bien la batería al cuadro, con velcros anchos, no con velcros finos como los llevaba yo y como podéis ver en esta imagen.
blog ciclismo bateria

La imagen muestra que los velcros utilizados son demasiado finos y no aportan la seguridad suficiente.
La forma más correcta de llevarlos es como se indica en este blog, fijaos en que el velcro es ancho y proporciona la seguridad adecuada.
Un final feliz
Y bueno, esta es mi historia, después de todo aquello han pasado 11 meses, monto en bici, sigo con mi trabajo y espero una niña en unos meses. Pero todo estuvo a punto de romperse por una gilipollez – con perdón- como fue salir a dar un paseo en bici sin amarrar bien la batería. Espero de verdad que esta historia os ayude a que algo así no se vuelva a repetir. Difundirla espero que ayuda a que se enteren todas las personas que montan en bici y que montan en alguna ocasión por la noche. Y, otra recomendación, si salís por la noche utilizad focos con un mínimo de 900 lúmenes para tener la  garantía de una iluminación correcta para ver y ser vistos.